15 jun 2010

Cuatro días en Nueva York


Hace algunas semanas mi amiga Valeria me pidió que le contará mis impresiones sobre Nueva York, adonde viajé por unos días. Respondo aquí a su pedido, como una forma de cumplirle el ofrecimiento pero también como un ejercicio que ponga en orden lo vivido en éste y un viaje anterior. La comparación me resulta indispensable.
Cada ciudad a la que he ido y a la que me unen –de una u otra forma- los afectos se convierte en una parte de mí  y en cierto momento la echo de menos. En este caso, concuerdo con la Violetta de Diablo Guardián, en que Nueva York no le pertenece a nadie, uno le pertenece a ella y ése es su encanto: nunca estás fuera siempre estás dentro, como sea, a fuerza de lo que sea, porque en Nueva York todo tiene cabida, incluso lo ajeno.
Como peatón y visitante me gusta que Nueva York tenga calles numeradas, que esté prohibido usar el claxón, que se oiga el ruido de las personas: sus pasos, sus voces y que –contrario a Ecuador- la música estridente y malsonante no salga a todo volumen de cada almacén.
Como en cualquier gran metrópoli nadie te mira, eres anónimo e invisible. Nada resulta extraño ni llama la atención: ninguna raza, ninguna lengua. Pero a mí, por ejemplo, me dejó divagando por varios días constatar que con un porcentaje tan alto de población negra, no se haya elegido antes a un Obama. Sin embargo, no puedo olvidar que es mucho menor que el 50% de brasileños que aún no colocan a uno de los suyos en Brasilia. Y respecto a las lenguas, en Nueva York se habla español.
La arquitectura es deslumbrante: me gustan los brownstones más que los rascacielos, los grandes edificios de principios del XX y los pequeños parquecitos que se encuentran en medio de un barrio. La Estatua de la Libertad es verde: la humedad del mar que la rodea oxidó el cobre que la reviste. Tiene rasgos finos y bien delineados. El símbolo que representa está de más, no cabe para apreciarla como obra en sí misma: es una estatua bonita. El paseo para conocerla te permite tener una de las mejores vistas de Manhattan si estás dispuesto a hacer una cola de –por lo menos- tres horas.
Los museos son impresionantes: todas las edades, todas las épocas y las artes, la historia de la humanidad y de la vida en sus diferentes facetas se condensan en ellos. Necesitas un día por sala. Central Park es silencioso y enorme, fresco y amable. Cada barrio tiene personalidad y su historia propia: las terrazas de la pequeña Italia, el desorden y bullicio de China Town, la libertad de East Village, el ambiente latino a tope de Queens.
En esta ocasión como en la otra fui a comprar (cosas del novio) equipo fotográfico en un tienda de judíos. En ambas ocasiones se disfruta el microcosmos del cosmos: fotógrafos de todo el mundo llegan puntuales a comprar lentes, cámaras, trípodes. Lenguas de diferente origen circulan por ahí. En ambas ocasiones los planes de compra se retrasaron a causa de fiestas hebreas de celebración estricta: el año pasado fue la pascua, en éste fue el shavuot. Resultado: había que esperar que la semana de festejo termine para que la tienda vuelva abrir. ¿Ir a otra tienda? No se puede, ésta es la de mejores, mejores, mejores precios. ¿Se entiende lo que digo?
El año pasado la crisis vivía su peor momento: los restaurantes estaban vacíos y a la hora del almuerzo, los oficinistas comían sánduches o ensaladas hechas en casa sentados en jardineras o Central Park. Los “más gastadores” optaban por un delicioso hot dog de dos dólares que encuentras en cualquier esquina. Te encontrabas a cada paso almacenes vacíos, en liquidación, en venta o alquiler. Nadie compraba. Esta vez me pareció ver más movimiento y menos almacenes cerrados. ¿Se puede hablar de recuperación? No. Esa semana hubo despidos masivos de empresas públicas: maestros y carteros, principalmente. ¿Entonces? Nada, que hasta los americanos tan dados al derroche se acostumbraron a gastar menos y a vivir con lo que tienen, a hacer bien las cuentas.
De todos modos, las ofertas y los buenos precios no están en Nueva York, están en Nueva Jersey: otro estado a treinta minutos de tren. Ambos están unidos como un feto a su madre. En Jersey están también los suburbios, la vida tranquila, las casas de familia. Afuera de tu casa puedes encontrarte con un mapache travieso que busca comida en la basura, ardillas locas que suben a velocidades impresionantes por entre las ramas de los árboles o un grupo de venados que pasea relajadamente por medio de la calle. NJ no es una jungla de cemento: hay mucho bosque, mucho verde y ni un solo edificio.
Cada amanecer, entre cinco y seis de la mañana, salen miles de personas rumbo a NYC a trabajar. Regresan a casa a partir de las seis de la tarde. El mejor amigo de mi padre, el tío Hugo, en cuya casa me alojo cuando voy, sale rumbo al trabajo a las 5 y está de vuelta a las 9 de la noche. Su mujer, la tía Rita, una portuguesa alegre y amorosa, trabaja en casa y no sólo en los asuntos domésticos. Sus hijos casi no se ven entre ellos ni ven a su padre debido a sus horarios. 
Y aquí mis historias sobre Nueva York dan un giro, se vuelven familiares pero no por eso dejan de ser un retrato general. La americana es una sociedad profundamente conservadora que se cuida del qué dirán y guarda las apariencias. La migración de todos los confines del mundo trajo como consecuencia que cada quien guardara sus creencias culturales como si fuesen un tesoro y se resistieran a adquirir un pensamiento liberal en lo moral. Por otro lado, o por el mismo, no dejó de espantarme un par de chistes racistas que oí decir a un par de adolescentes.
El ciudadano medio tiene un gusto comercial: la música que más se vende (mucho Lady Gaga), la moda que más se usa (plataformas sin fin), los best sellers o revistas de chismes para leer, la preocupación por el tema político más vendido: la guerra. Y, a propósito, en los aeropuertos aplauden hasta las lágrimas a los soldados que regresan de Irak. Hay muchos, miles de jóvenes que están exonerados de trabajar porque prestaron servicios en las guerras que ahora lleva adelante Estados Unidos y –a causa de ello- tienen problemas médicos. Conocí a dos mujeres en esta situación: la una tiene 22 años, la otra 27; la una es soltera, la otra casada y con dos hijas; ambas estuvieron en la marina; ambas sufren de psicosis y por eso es que no podrán trabajar nunca más en su vida. ¿Se preocupan? Un poco. Más bien disfrutan de tener un sueldo de tres mil dólares mensuales (y en aumento) asegurados para toda la vida y la posibilidad de optar por una beca escolar completa en cualquier carrera en cualquier universidad. No la usarán, no les interesa estudiar. Por el otro lado, la tía Rita y el tío Hugo deben pagar veinte mil dólares semestrales para que su hijo estudie en Pensilvania.  Ninguna universidad de su estado lo admitió. ¿Por qué? Porque hay pocas becas para nacionales y porque si hubiese sido admitido en una universidad del Estado en el que reside, éste -en compensación por los impuestos que han pagado sus padres- debería rebajar la colegiatura. Como no es negocio, no le dan un cupo.
En estos cuatro días fui de un lado al otro. La primavera estaba en su esplendor y los días fueron cálidos.  Fue un viaje corto pero intenso. Siempre disfruto de Hugo y Rita porque –entre otras cosas- me recuerdan a mi papá. Hugo fue uno de sus mejores amigos. Y el cariño no tiene sucursal.

1 comentario:

Anónimo dijo...

me gustó esa especie de relato turístico-no turístico, es como cuando viajas con alguien que conoce bien donde está y no sólo ofrece lo vendible. Hace mucho tiempo era una persona demasiado cerrada para mirar al país del norte hasta que conocí el blues, su gente, sus luchas, el día a día... con la crónica llegaron a mí muchas imágenes de las películas y de los libros de allá, una de david lynch y bueno otras cosas más...