21 nov 2010

Aprendiendo a maullar

PROGRAMA PILOTO
Tenía dos años y mi papá me regaló un gatito. Como mi mamá odia (sin exageración) los felinos, lo escondimos no recuerdo dónde. Por entonces vivíamos en un departamentito en Santo Domingo de los Colorados. Mi madre no tardó en encontrar al gato escondido y lo mandó a vivir con los conserjes. Nunca más lo vi. En adelante, mi vida se acompañó de perros: la Lala, una dálmata; Perry, un san bernardo; Nina, una pastor alemán; Kid y Lisa, mi pareja de salchichas. Desde hace más de ocho años no he querido mascotas porque me he blindado contra el dolor de la pérdida.


PRIMERA TEMPORADA

Capítulo 1. Me había planteado tener gatos por largo tiempo. Tenía un poco de temor: me sentía algo torpe porque sabía cómo educar a un perro pero no sabía nada de felinos. Todo el mundo me había dicho que son fáciles, independientes y un largo etcétera de ventajas. Mi Casia llegó como un regalo perfecto: llevaba un año queriendo un gato y me lo ofrecieron cuando no tenía ni un pretexto para negarme.

Capítulo 2. Elegimos Casia porque nos acordamos de Rita, la tía Rita, esa hermosa portuguesa a la que queremos tanto. Como no quisimos usar su nombre, recordamos a santa Rita de Casia y a Cássia Eller. Cuando supimos que Rita es la santa de los imposibles, nos convencimos del nombre. Además así se llama un bello árbol, un pueblecito italiano y la dueña de una voz encantadora.

Capítulo 3. El Casia me ha enseñado que todo se logra con caricias y susurros, a los gatos no hay que asustarlos ni alzarles la voz porque si les creas incomodidades, se van. Así que cuando se sube a la mesa, único lugar medianamente prohibido, hay que bajarlo y acariciarle el lomo. Si te pones un poco enojado, te muerde la mano. Ha establecido un camino para llegar al mesón de la cocina en donde se acuesta para verme preparar la comida o lavar los platos.

Capítulo 4. Con el Casia he aprendido las bondades y desventajas de las texturas. En su baño le gustan las piedrecitas pequeñas, olor a lavanda y que no hacen polvo. ¿Cómo lo supe? Regó las piedras grandes y escarbó unas pequeñitas de mi bonsái para hacérmelo saber. (Mi bonsái… ése sí que es sagrado y lo entendió: le dije que me rompería el corazón si le hace daño, y nunca más lo tocó). Al Casia le encanta la suave cobija térmica que usamos en días de frío. Es acolchadita como sus patas y felpuda como él, cuando la ve, se envuelve en ella y le da toquecitos con sus manitos… también la muerde. Además, ama dormir sobre los suéteres de lana.

Capítulo 5. Dicen que los gatos odian el agua... El Casia es peludo, peludo, peludo y cuando era pequeñito, con frecuencia, se embarraba la cola y las patitas al momento de satisfacer sus necesidades biológicas. Muchas veces tuve que lavarlo. Entendí que no le gusta el agua fría pero se lleva bien con la caliente, cuando le conviene. En realidad, el Casia ama el agua: se envuelve en la cortina de baño para vernos cuando nos duchamos, se sube al lavaplatos y al lavamanos a tomar agua, le encanta ver a la lavadora en acción, odia que lo bañe pero ama estar bañado. Muchas veces aparece mojadito porque se ha metido quién sabe dónde a beber agua. Ya tuvimos un episodio de vómito porque se tomó unos cuantos bocados de burbujas de jabón… Y sale a pasear por el filo de la ventana cuando llueve. O sea, ama el agua, pero prefiere jugar, a perder horas de su valioso tiempo siendo bañado. Sabe cuando lo voy a bañar y se queda sentadito viéndome cómo preparo todo.

Capítulo 6. Las voces, los ruidos. A mi gato le gusta la música pero no aquella que tenga trompetas muy agudas. Cuando lo llamo, viene a mi encuentro; si está dormido, mueve el rabo; si está ocupado, maúlla para que sepa que anda por ahí. Reconoce los pasos del Juan apenas sale del ascensor: si está dormido, en menos de un segundo, se despierta y de un brinco se para en la puerta a maullar. No le gustan el sonido de la tetera ni los timbres de los teléfonos. Le llaman la atención los truenos. No falla jamás ante el aleteo de una mosca, una mariposa o un ave que pase a metros de distancia. Oye nuestros susurros cuando nos despertamos y tarda un segundo en golpear la puerta o en empujarla para que lo acariciemos.

Capítulo 7. Cuando el Casia llegó pensamos que era una chica pero al mes supimos que no. Como ya reconocía su nombre, no se lo cambiamos ni le dimos una variante masculina. El descubrimiento coincidió con su cambio hormonal: se volvió más cazador, más saltador, más audaz, más felino salvaje. Ya no quería caricias, quería ataques. Prefería investigar a jugar con sus pelotas. Los ratoncitos ya no le parecían divertidos y su pato de felpa se convirtió en su gata inflable. Así un día, mientras practicaba su secuencia de gimnasia suelo-cama-pared-cama-ventana-cama-otra vez, calculó mal y cayó cuatro pisos abajo. No le pasó nada grave, salvo un par de costillas con esguinces. A mí me costó reponerme del susto. Él nunca más ha saltado a la ventana, ahora se sube con cuidado. Y, en consecuencia, lo operamos antes de lo previsto y se convirtió en un gato-ángel.

Capítulo 8. Los gatos salen, caminan, exploran, se van por ahí: de gatas, de excursión, de cacería. Pero mi Casia está en un cuarto piso y se contenta con ver la calle a lo lejos: hasta aprendió a abrir la ventana (una corrediza). Para compensar, lo llevamos de paseo. En su primera salida, le dio tendinitis porque era muy pequeñito y caminó más de una hora. Le encanta salir: reconoce su pañuelo de explorador, el motor apagado del auto (que para él es señal de bajarse) y maúlla sin parar cuando ve el campo y nos demoramos en abrirle la puerta. Se sube a los árboles en dos saltos (ya pasó el Juan por el rescate cuando no se pudo bajar). Durante los viajes va dormido en mi regazo o en su canasta. Cuando era más pequeñito iba en el hombro del Juan.

Capítulo 9. Cuando está feliz y satisfecho, luego de una siesta o al amanecer, el Casia nos busca para que lo acariciemos y él, en retribución, nos lame y ronronea. Pero igual reclamaba cuando se quedaba solito. Este gato único necesitaba compañía y le llegó una hermana.



SEGUNDA TEMPORADA

Capítulo 1. La Tara es una mini pantera negra de cara redonda y ojos amarillos. Es tan negra que cuando se esconde, no la podemos ver. Es tan negra que hasta sus uñas tienen pigmentos negros y tiene un lunar negro en el paladar. Se llama así porque es una buda, aquella que permite comprender la compasión y el vacío, la que ayuda en el vínculo entre lo interior y lo exterior. En sánscrito su nombre significa estrella. Y para los canarios era la deidad de la fertilidad. El Juan la eligió. Nosotras nos reconocimos. El Casia la aceptó, aprendió a quererla y viceversa.

Capítulo 2. Los gatos tienen personalidad propia. La Tara es calladita, maúlla para pedir arrumacos. El Casia ruge, ronronea, hace sonidos todo el tiempo. A la Tara le encanta ser acariciada mientras se mueve, camina o se frota contra tu cuerpo. Al Casia, en cambio, le gusta ser acariciado cuando está quietecito. El Casia es más cazador y asustadizo ante lo nuevo, la Tara es más intrépida, no mide obstáculos, da saltos mortales y parece que no le tuviera miedo a nada. El Casia es más sociable, no tiene temor ante la gente: son juguetes nuevos. La Tara es más distante, mira y no se acerca. La Tara no muerde ni araña, siempre acaricia.

Capítulo 3. El encuentro. Ella bufó. Él miró con curiosidad. Al rato, ambos gruñían y bufaban. Los acostumbramos al olor del otro en dos días o día y medio, quizás. Al tercero, se encontraron y rugieron todo el tiempo. Al cuarto, se acercaron y comenzaron a jugar. Al quinto, durmieron juntos. Hoy comen del mismo plato: la Tara le pide permiso al Casia, tocándole con la manita; el Casia –que la dobla en tamaño- mete su cabeza y ella se retira. Juegan todo el tiempo. Ella, a veces, se esconde, y él hace un sonido entre tristeza y coraje cuando no aparece. Ambos se preocupan el uno del otro, se lamen, se buscan, andan juntos de arriba para abajo, se dan cacería, juguetean todo el tiempo. Pero la Tara, que es más a su aire, se mete (aún no sabemos dónde) en algún lugar debajo de la cama para echar la siesta sin que nadie la moleste. Ya se me ha perdido un par de veces. No hay nada más bonito cuando los dos me dan encuentro, ronronean, me lamen y se echan a dormir a mi lado. Sé que soy de su propiedad…

Capítulo 4. Mi Tara es muy dulce y más fácil. Se deja bañar, peinar y cortar las uñas sin problema. Tampoco le teme al secador de pelo. No le tiene miedo a nada, tiene una seguridad de hierro. Al contrario del Casia, le gusta cualquier tipo de comida a parte de sus Whiskas, ya ha probado mantequilla, pan, queso, melón... Ambos aman el atún y el chocolate. A la Tara, además, le encanta ver televisión o mirar la computadora. Igual que su hermano león, ama la música. Es pequeñita y juguetona: también se entretiene con lo que sea pero cuando se aburre, despierta al Casia (que es más dormilón): lo empuja con su cabeza, lo lame, lo muerde, se le lanza encima hasta que lo pone a corretear. Ya hicimos un primer viaje juntos y fue como si a ella la hubiésemos educado al mismo tiempo que a mi gato salvaje. Ese fin de semana, les enseñé a subir escaleras...

continuará

No hay comentarios: