3 oct 2010

Marilyn

Hoy me he mirado a un espejo que desconocía. Esa alma hecha jirones se pareció –de pronto- tanto a la mía. Me veo reflejada en la tristeza de esa mujer y en la vergüenza que siente por ser triste; en su carácter extremadamente sensible que como el mío entierra esperanzas. En la soledad despiadada de sentir rabia y desconsuelo, pánico e inseguridad, en la absoluta necesidad de los demás para encontrarme a mí misma, en la búsqueda de un amor generoso que me dé la paz que necesito.

Como ella he terminado por ser incómoda a todo lugar al que voy porque creo que tengo una absoluta, irremediable, a veces intolerable, incapacidad para mentir. Eso me hace iracunda, rebelde, ingobernable, atea, incrédula y crédula hasta la inocencia: apuesto aún a que las personas pueden llegar a ser amables pero dejo de creer inquebrantablemente cuando me demuestran lo contrario. Tengo tanto miedo a los corazones que ya no quieren sentir, tengo tanto miedo a que me hagan daño.

“Las pastillas solo eran una forma de aplacar su enorme ansiedad y de mitigar su insomnio”, se dice de ella. Mis pastillas no me han curado nada pero su diagnóstico me ha abierto la puerta a la claridad sobre mi alma en pena. Y así la quiero, herida de muerte, igual la quiero. Es que no soy capaz de hablar de lo que me pertenece como si fuera parte de mí misma, como si fuese mi yo, lo veo como algo que me pertenece, no como aquello que soy, como una tercera persona, en donde sólo soy el paquete.

También sufro cambios bruscos de humor y mi antídoto contra la rabia y la indignación, contra la tristeza, son las palabras, esas que también hieren por ser sinceras. Ella, la mujer de mi espejo, dice que para “sobrevivir, habría tenido que ser más cínica o por lo menos estar más cerca de la realidad”. Como a ella se me ha acusado de pensar demasiado y me gusta lo que Antonio Tabucchi dice al respecto porque me hace sentir menos maligna: “Si las personas escasamente sensibles e inteligentes tienden a hacer daño a los demás, las personas demasiado sensibles y demasiado inteligentes tienden a hacerse daño a sí mismas”. Es que no hay nada que me destroce más que sentir que he hecho daño, el mínimo que fuese, aunque sea en defensa propia, y las heridas supuran en cada poro y me duele mi propia existencia. Y me hago daño siempre. También trato de comprender intelectual y racionalmente la realidad que me circunda sin tomar partido, sólo me pregunto ¿qué significa?; y me busco a mí misma, me pregunto por el sentido de mi vida, así lo he hecho desde siempre: me recuerdo con cuatro años, viendo el tumbado y pensando en por qué estábamos vivos, y qué era lo que eso significaba. Ahora la angustia que esas preguntas me causaron durante toda mi niñez y juventud ya no es tan latente. Es como si hubiese aceptado que soy parte de este universo lleno de enigmas.

Muchos desde “la psicología barata” han calificado su alma como “neurótica, como se puede calificar de neurótico a todo el que piensa demasiado, a todo el que ama demasiado, a todo el que siente demasiado”. A mí me han dicho loca de mil maneras, histérica, obsesiva, neurótica, esquizoide. Yo sólo creo que siento, que soy pura sensibilidad. También con dolor asisto a los rechazos que causan mis preguntas, mis dudas, mis cuestionamientos. Que son propios, no ajenos; que buscan ayudarme a entender no a anular o a ganar al otro.

El miedo a no encontrarme nunca me ha circundado tanto como la búsqueda del amor-propio. Se me rompió pronto el amor ideal. Me basta con sentirme respetada, mimada, entendida. Me basta con saber que encontraré la simpleza a la vuelta de la esquina. Que aprenderé que las cosas son porque son.

La mujer en la que me reflejo un día se echó a llorar cuando vio una foto de Sigmund Freud en la que le pareció deprimido y decepcionado. Hoy me he puesto a llorar sin tregua al leer sobre ella. Hemos llorado cada una en su momento por nosotras mismas. Quizás nos hubiese gustado (me atrevo a pluralizar a riesgo de equivocarme porque no quiero sentirme sola en este deseo) que alguien nos acompañase en el llanto.

Cuando ella murió tenía 36 años, los que estoy por cumplir. Aún no me siento sin salida, sigo buscando en la vida algo de mí misma.

1 comentario:

gabi dijo...

Tengo dos diarios a mi lado: uno de una escritora conocida, gran artista, la busqué porque tenía una imagen de fortaleza en muchos aspectos para mí, que es lo que buscan algunos de mis personajes (los de cualquier lado, virtuales y reales, al final todo se confunde): Anaïs Nin, seguro Andrea la has leído. Y en el primer día del diario la vi llorar y eso da miedo, porque me veo tan pequeñita como soy y da más temor. Tengo otro, y entre algunas cosas habla de la Datura Stramonium, mi medicina...

Gracias por compartir a esta Marilyn.

Con cariño y respeto:
http://www.youtube.com/watch?v=jJHJmLCcL78