Al principio nos pareció “un poco Nueva York” pero pronto nos demostró que no es remedo de nadie. Es una ciudad gigante, con más de veinte millones de habitantes y, por tanto, tiene enormes avenidas, puentes a desnivel, parques, salas de teatro. Shanghái es hermosa. Cada edificio es arquitectónicamente armónico con sus predecesores, así en medio esté el templo Jing’an destruido en tiempos de la Revolución Cultural y en obras de ampliación y restauración hasta hoy. Los puentes a desnivel permiten ver desde las alturas fuentes de agua y jardines. Las luces de los rascacielos iluminan las aguas de los ríos. Y en cada lugar se permite pasear.
Partes de Shanghái fueron concesionadas, tras la Guerra del Opio, a Francia, Inglaterra y Estados Unidos. De esa época dan cuenta, por sus edificios, barrios enteros.
Los museos de Shanghái fueron un regalo no sólo por lo que albergaban sino también por como están concebidos: pocas pero representativas piezas que reciben la iluminación que necesitan, en medio de ambientes cálidos y amables, con pasillos amplios en donde siempre hay bancas disponibles para tomar un descanso y también, salas de té. En el Museo de Arte de Shanghái nos encontramos con una retrospectiva de Hoo MoJong una artista china viva que pasó gran parte de su vida en Francia y se vio, naturalmente, influenciada por el impresionismo europeo. Hace unos años regresó a China. Sin embargo, quien nos hizo rendir fue Wu Guangzhong. Su obra: una ruptura y una comunión con la tradición pictórica china.
El Museo de Shanghái está ubicado en el mismo perímetro que el Museo de Arte y el Gran Teatro, los tres se sitúan por una plaza-parque (la del Pueblo) llena de espacios verdes y senderos. Alberga arte antiguo: budas en la primera planta, cerámica en la segunda, pintura y caligrafía en la tercera, vestidos de todas las etnias en la cuarta planta. Nada sobrecargado. La dosis adecuada.
Shanghái es el puerto más comercial de China. El malecón o Bund está a las orillas del río Huangpu y al frente, a la otra orilla, está Pudong, la zona de rascacielos de la ciudad. Cerca al Bund está la vieja Shanghái: donde antes había prostíbulos y salones de opio ahora hay restaurantes, comercios y tiendas para turistas.
Shanghái ha sido concebida para acoger a quienes la visitan o la habitan: amplias aceras, parquecitos, jardines bellísimos y árboles se encuentran a cada paso, es más: las bocas de metro o las paradas de autobuses están dispuestas de tal manera que “obligan” a disfrutar de esos paisajes urbanos. Se agradece.

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