10:00. Conocoto. Camino a mi casa
hablando por teléfono. Cuelgo porque veo a Tetyana, mi vecina, pálida y
llorosa. Me dice en un español con marcado acento ucraniano que un rottweiler atacó a sus perros: el Zharick,
un husky bonachón, y el Peluchín, un cairn terrier gris, pequeño,
viejito y juguetón. Su hija Natalia los había sacado a pasear como de costumbre
y de la nada salió el rottweiler y mordió a los perros. Natalia regresó del
paseo con Peluchín en brazos, muerto.
Cuando
llegué ya habían llamado a la Policía. Se demoraron más de una hora. Vinieron solo
porque, ante la demora, me animé a llamar a un amigo alto mando policial para
contarle el caso. Llegaron diez minutos después de mi llamada (tengo mi 911 personal, pensé con vergüenza y coraje). Los policías luego le preguntaron
a Tatiana qué cuál era su parentesco con el coronel.
El
rottweiler cuidaba un terreno baldío. También había un guardia de especie
humana que juró que el animal no había salido. Pero Natalia reconoció al perro.
El dueño del rottweiler llegaría horas después y la policía debía volver al atardecer. No sé
si lo hicieron.
A
más de la muerte del perro a Tetyana, mi vecina ucraniana, le duele
que si no era por un amigo, la policía no hubiese llegado o habría tardado más.
Todavía llora cuando se acuerda que su hija pidió ayuda y una señora que veía
la escena del ataque por la ventana, corrió las cortinas y no hizo nada. Y se
asombra al saber que hay vecinos que se dedican a envenenar perros porque no
quieren que paseen en ningún lado. Ni el Zharick ni la Matilda, mi pastor
alemán, podrán salir otra vez porque nos da miedo que les hagan daño. Tampoco
volverán a ladrar escandalosamente: el Peluchín era que el que daba la voz y
ellos corrían a la puerta a hacerle coro. Como él ya no está, el día ha transcurrido con un triste silencio.
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