2 abr 2011

Hong Kong: Puerto Fragante


Tras veintitrés horas de viaje en tren (cama, por supuesto), registro de salida en China, de entrada a Hong Kong, y de aprobación del termómetro (la fiebre que llevaba no superó los 39º y pasé sin problema: no tenía ni porcina ni asiática, sino una faringitis común) llegamos.

Primera impresión: ¡qué cantidad de gente! Sí, todas las ciudades chinas son superpobladas pero hasta entonces las avalanchas humanas las habíamos visto en el metro de Beijing entre 18:00 y 19:30 pero no en la calle y tampoco tan diversa: había muchos extranjeros.

Hicimos un primer recorrido en la tarde-noche por las calles comerciales, los mercaditos comenzaban a abrirse y yo me sentí de regreso al Guayaquil de los 80. Hasta entonces sólo nos impresionó el movimiento urbano.

La primavera llegó y nos regaló un día precioso en Hong Kong: hacía calor, el cielo era azul (cosa rara porque siempre está nublado gracias a las fábricas que están en Cantón, al frente) y nos enamoramos del lugar. Todas las islas están conectadas por ferry o metro y los paisajes urbanos son estupendos. Las calles son estrechas (es una ciudad vieja) y llenas de árboles. Se respira tranquilidad y liberalidad en todos los sentidos. Hong Kong no tiene límites, nunca duerme, y se nota el contraste con la China continental: no hay policías ni páginas de Internet bloqueadas ni se ha prohibido la venta de hentai. Hasta nos preguntamos si habría salones de opio por ahí.

Nos quedamos con ganas de conocer más de China pero eso sí: volveríamos a Hong Kong todas las veces que sean posibles. Beijing es un caballero tradicional pero sin miedo al futuro. Shanghái es una mujer joven, moderna, profesional que mira hacia adelante y sabe lo que ha vivido. Hong Kong es una mujer cálida y misteriosa, a la que sientes que conoces pero que a cada paso te recuerda que está llena de sorpresas.

1 comentario:

ANDRÉS SEFLA dijo...

Excelente narración!!!